‘Caracol y Colibrí en el Valle del Silencio’, una aventura teatral que une música, amistad y diferencias culturales

La búsqueda de la música lleva a dos personajes de distintos rincones del Ecuador a encontrarse, superar sus diferencias y descubrir que aquello que desean hallar fuera de ellos mismos siempre ha estado en su interior.

 La producción de Sarao regresa en noviembre a la sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar con una historia que combina teatro físico, humor, música en vivo y más.  

La búsqueda de la música lleva a dos personajes de distintos rincones del Ecuador a encontrarse, superar sus diferencias y descubrir que aquello que desean hallar fuera de ellos mismos siempre ha estado en su interior.

Esta es la premisa deCaracol y Colibrí en el Valle del Silencio, una obra de la dramaturga mexicana Sabina Berman, adaptada y dirigida por Lucho Mueckay, que regresará este mes a la sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar, en Samborondón, con una propuesta familiar que combina humor, teatro físico, instrumentos musicales y participación del público.

‘Caracol y Colibrí en el Valle del Silencio’, una aventura teatral que une música, amistad y diferencias culturales. Foto: Cortesía

La historia sigue a Caracol, un habitante de la Costa ecuatoriana interpretado por Juan Carlos Zambrano, y a Colibrí, un personaje de la Sierra austral al que da vida Daniel Ernesto Ortega. Ambos emprenden un viaje motivados por una misma inquietud: descubrir de dónde proviene la música que los emociona, aunque ninguno sabe exactamente qué está buscando. Sus caminos confluyen en el Valle del Silencio, donde conocen a la maestra Batuta y a su alumno Corchea, interpretados por Noralma Reeves y Leonardo Polastri.

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Las diferencias de personalidad y procedencia marcan la relación entre los protagonistas. Mientras Caracol es espontáneo y se deja llevar por el momento, Colibrí es metódico y necesita organizar cada paso. A medida que avanza la historia, ambos descubren que sus distintas formas de ver el mundo pueden complementarse y que aquello que inicialmente los separa también puede convertirse en una oportunidad para construir una amistad.

Mueckay trasladó la historia original a la realidad ecuatoriana a partir de las diferencias culturales entre la Costa y la Sierra. En esta versión, Caracol representa a Esmeraldas y Colibrí está vinculado con Cuenca. La propuesta aborda así las distancias regionales desde el humor y el encuentro entre dos personajes que, pese a sus contrastes, comparten el deseo de encontrar una misma respuesta.

La adaptación también tiene un origen personal para Mueckay. Durante sus estudios en México tuvo como maestra de redacción dramática a Berman, quien le entregó la obra para que algún día la llevara a escena. El director conserva la carpeta autografiada por la dramaturga y, tras retomar el montaje, volvió a comunicarse con ella para contarle que la historia sería presentada nuevamente.

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En el desarrollo de la trama, Caracol y Colibrí creen que pueden apropiarse de la música como si fuera un objeto. La maestra Batuta y Corchea los acompañan en el proceso de comprender que no se trata de algo que deban conquistar en el exterior, sino de una expresión que cada persona lleva dentro. Este descubrimiento constituye el núcleo de la obra y se relaciona con otra de sus ideas centrales: la posibilidad de encontrar en los demás algo que no se buscaba inicialmente.

Reeves explica que su personaje conduce la narración y funciona como un puente entre el público y los acontecimientos. Junto con Corchea, guía a los protagonistas hacia el descubrimiento de la música y plantea una reflexión sobre aquello que da sentido a la vida. Para la actriz, la historia invita a considerar que la capacidad de crear y conectar con otras personas puede partir de lo que cada uno lleva dentro.

Polastri describe a Corchea como un personaje enérgico, explosivo e impaciente, con muchas ganas de aprender de la maestra Batuta, a quien considera su referente. El alumno participa en el plan para enseñar a Caracol y Colibrí qué es la música, aunque es la maestra quien dirige la estrategia. Polastri encuentra similitudes entre su personalidad y la curiosidad de su personaje, especialmente en el deseo de aprender de distintas experiencias.

Por su parte, Zambrano interpreta a Caracol como un personaje que vive en soledad y abandona la orilla del mar para encontrar respuestas a sus inquietudes. Aunque intuye que la música existe, desconoce cómo se produce. Durante el recorrido, su encuentro con Colibrí le ofrece un descubrimiento inesperado: un amigo. Así, su viaje termina con dos hallazgos que transforman su regreso a casa, la amistad y la música.

Ortega caracteriza a Colibrí como alguien organizado, metódico y acostumbrado a seguir una secuencia para alcanzar sus objetivos. Ese comportamiento contrasta con la espontaneidad de Caracol, pero la convivencia les permite reconocer que sus diferencias no tienen por qué mantenerlos separados. A través de las situaciones que atraviesan, aprenden a valorar lo que los une y a trabajar juntos.

El montaje se distingue por prescindir de una escenografía convencional. Siguiendo la propuesta de Berman, los intérpretes utilizan sus cuerpos, movimientos y recursos sonoros para recrear los espacios imaginarios que atraviesan los protagonistas. El mar, las montañas, los castillos y otros elementos aparecen mediante la actuación y la narración, en una puesta que apuesta por la imaginación del espectador.

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La música se construye también sobre el escenario. Los actores incorporan percusiones, flautas, una marimba esmeraldeña, un xilófono de metal y otros recursos sonoros para acompañar las acciones y los movimientos de los personajes. La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven ocupa un lugar destacado en la propuesta, tanto por su carácter emblemático como por su presencia en la formación musical de muchos niños, que suelen aprender fragmentos de esta melodía al comenzar a tocar la flauta. El montaje constituye, además, un homenaje al compositor alemán.

El humor, los efectos de sonido en vivo y la interacción con los niños forman parte de la experiencia teatral. Los pequeños espectadores no son únicamente observadores, sino que se convierten en cómplices de la búsqueda de los protagonistas y participan en el recorrido hacia el descubrimiento de la música. La propuesta está concebida para distintas generaciones, con una historia que avanza entre situaciones disparatadas y juegos escénicos, sin dejar de lado su reflexión sobre la amistad, las diferencias y el aprendizaje.

La trayectoria de Caracol y Colibrí en el Valle del Silencio comenzó en 2009, cuando obtuvo un premio en el Festival de Artes al Aire Libre de la Municipalidad de Guayaquil. La obra se estrenó en la sala de Sarao en 2010 y, desde entonces, ha recorrido distintas temporadas y festivales, incluidos encuentros de teatro para niños y presentaciones en Manta. En 2023 tuvo una temporada en el Teatro Sánchez Aguilar, como parte de su programación de teatro familiar.

El regreso está previsto para los domingos 8, 15 y 22 de noviembre, con presentaciones a las 11:00 y a las 16:00 en la sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar. Las entradas cuestan $ 15 para adultos y $ 8 para niños, y estarán disponibles en la taquilla del teatro y en su plataforma de venta. (E)

 El Universo

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