Aunque el cohete no es del todo nuevo (ha volado en dos ocasiones anteriores), el encendido sigue siendo un espectáculo incomparable. Nada que ver con la retransmisión por televisión. Hay que estar allí para sentir la onda de choque, un trueno sostenido que hace reverberar las estructuras situadas cerca del edificio de montaje hasta las propias tripas de cualquier espectador desprevenido.
Todo se desarrolla en silencio. El estruendo de los cuatro motores principales y los dos aceleradores tarda casi 20 segundos en llegar
Aunque el cohete no es del todo nuevo (ha volado en dos ocasiones anteriores), el encendido sigue siendo un espectáculo incomparable. Nada que ver con la retransmisión por televisión. Hay que estar allí para sentir la onda de choque, un trueno sostenido que hace reverberar las estructuras situadas cerca del edificio de montaje hasta las propias tripas de cualquier espectador desprevenido.
Desde la plataforma de lanzamiento 39B se lanzó hace más de medio siglo un único Apolo, el número 10, que ni siquiera estaba destinado a aterrizar en la Luna. Todos los demás salieron desde la rampa gemela, la 39A, hoy alquilada a SpaceX para sus disparos de los cohetes recuperables Falcon 9. Desde una rampa adyacente despegarán algún día los cohetes gigantes Starship Superheavy que llevarán a otros astronautas a pisar la Luna. Por ahora, Artemis está sólo en fase de pruebas.
Cuando se comparan lado a lado, el cohete SLS es un poco más corto que el Saturno V. Pero esa apariencia es engañosa. El cuerpo central de color naranja —la llamada primera etapa del cohete SLS— es inmenso: tiene casi la misma capacidad que la primera y segunda etapas del Saturno V juntas: 2,74 millones de litros. Curiosamente, es mucho más ligera, ya quema hidrógeno líquido; la primera etapa del Saturno V consumía queroseno, mucho más pesado. Y menos energético.
No es fácil manejar líquidos a 240 grados bajo cero. Ni construir motores que los quemen. De hecho, varios minutos antes del despegue, los cuatro motores RS-25 se someten a un “baño frío” haciendo circular hidrógeno líquido por la tobera y boquilla. Se trata de reducir su temperatura a unos 250 grados bajo cero, de forma que el choque térmico no los agriete cuando reciban el diluvio de combustible criogénico. No se usa oxígeno líquido; a 180 grados bajo cero, todavía está demasiado caliente para ser un buen refrigerante.
Unos segundos antes de que la cuenta atrás llegue a cero, los cuatro motores principales oscilan a un lado y a otro para comprobar que los actuadores de orientación que dirigirán el rumbo del cohete responden adecuadamente. Justo por debajo de ellos, unos generadores de chispas chisporrotean para quemar los restos de hidrógeno que puedan haberse acumulado allí después del “baño criogénico”. Casi al mismo tiempo, siguiendo órdenes del computador de a bordo, las bombas principales impulsan toneladas de combustible y oxidante hacia las cámaras de combustión a una presión de 300 atmósferas. Allí, unos generadores de chispas provocan la ignición. No es simultánea en los cuatro motores, sino desfasada unos pocos milisegundos para evitar un impacto demasiado brusco en la estructura del cohete.
Numerosos sensores vigilan que todas estas operaciones se desarrollen sin incidentes. Ante cualquier anomalía, todavía es posible apagar los motores, cortando el flujo de combustible.
Pero si todo está en orden, al “cero” de la cuenta atrás, los dos aceleradores laterales cobran vida. Son cilindros que parecen enormes lápices (mayores que los del transbordador espacial) llenos de combustible sólido, pastoso y moldeado con un túnel central hueco que los recorre de abajo arriba. En la punta de cada uno hay instalado, literalmente, un lanzallamas que apunta hacia abajo a través del túnel central. El chorro de fuego mide unos 50 metros, para que el combustible se inflame a todo lo largo.
Es en este momento cuando los espectadores, situados en una zona segura a seis kilómetros de distancia, ven por primera vez el vivísimo resplandor de los escapes en la base del vehículo. Son los dos cohetes laterales, cuyas llamas brillan debido a los componentes químicos de su composición; los cuatro motores principales expulsan solo agua y apenas son visibles. La nube blanca que envuelve al cohete es vapor del agua de refrigeración que ha inundado la plataforma para protegerla.
Y todo este espectáculo se desarrolla en silencio.
El estruendo tarda casi 20 segundos en llegar. No es una explosión; es una especie de rat-ta-ta en stacatto, resultado de la combinación del ruido de los cuatro motores principales y los dos aceleradores.
De hecho, ni siquiera se le puede llamar ruido. Junto al cohete se han medido 176 decibelios, muy cerca del máximo de 194 dB que puede soportar el aire a presión atmosférica. ¿Por qué? Un sonido es el resultado de la compresión y expansión del aire, pero a ese nivel la expansión intenta crear un vacío momentáneo antes de llenarlo con una sobrepresión brutal y volverlo a vaciar. No se puede crear un vacío mayor. Ya no es sonido; es una tremenda onda de choque. Hay quien dice que, a todos los efectos, es como si el aire se rompiese.
Cuando los aceleradores se han encendido, ya no hay marcha atrás. Su empuje representa el 75% de todo el vehículo; los cuatro motores criogénicos aportan solo el 25%. Los dos boosters laterales llevan a la nave a través de las capas más densas de la atmósfera. Apenas queman durante dos minutos antes de desprenderse y caer al mar. El cuerpo central funciona durante ocho minutos.
En el caso de Artemis 2, la relativamente pequeña segunda etapa se ha encargado de poner a la cápsula en órbita baja, donde ha permanecido poco menos de una hora. Después, un segundo encendido de la misma etapa la ha insertado en una órbita muy alargada, con apogeo a unos 70.000 kilómetros. Es la trayectoria durante la cual los astronautas separarán la cápsula de la etapa superior y utilizarán a esta como “blanco” para practicar maniobras de aproximación. No habrá encuentro físico; sencillamente, ni Orión ni la etapa llevan dispositivos de amarre. Se trata solo de aproximarse y evolucionar a su alrededor para comprobar qué tal se comporta esa nueva cápsula.
Después, vendrá el TLI o “Inserción en órbita translunar”. Ahí empieza, de verdad, el viaje.
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