La señal que alertó de los grandes terremotos que afectó a Venezuela, describe experto de la UNAM

La actividad sísmica de baja magnitud registrada desde finales de mayo en el norte de Venezuela fue una de las señales que precedieron al doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió al país el pasado 24 de junio, explicó el sismólogo posdoctorante del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Jesús Ávila.

 Este tipo de interacción entre fallas activas es poco frecuente.  

La actividad sísmica de baja magnitud registrada desde finales de mayo en el norte de Venezuela fue una de las señales que precedieron al doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió al país el pasado 24 de junio, explicó el sismólogo posdoctorante del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Jesús Ávila.

Se explica que, aunque Venezuela no registra terremotos con la misma frecuencia que países como México, el riesgo sísmico en el país es permanente debido a que gran parte de su territorio se ubica sobre el límite entre las placas del Caribe y Sudamérica.

Desde finales de mayo se venía detectando una actividad sísmica anómala, con magnitudes muy bajas, prácticamente imperceptibles, pero con una mayor frecuencia. No es extraño que ocurra un sismo de esta magnitud en Venezuela; lo poco común fue que se tratara de un doblete sísmico”, explicó Ávila.

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El experto indicó que ambos terremotos ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, un intervalo tan corto que inicialmente fueron interpretados como un solo evento o como un sismo principal precedido por un precursor.

Sin embargo, el análisis de los mecanismos focales mostró un fenómeno más complejo: la ruptura ocurrida en el extremo noreste de la falla de Boconó desencadenó casi de inmediato la activación de la falla de San Sebastián, en la costa venezolana.

Ávila explicó que este tipo de interacción entre fallas activas es poco frecuente y representa un caso de estudio para la comunidad científica por la rapidez con la que una estructura geológica activó a la otra.

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El instituto recordó que cerca del 80 % de la población venezolana habita sobre o cerca de sistemas de fallas activas, entre ellas Boconó, San Sebastián y El Pilar, lo que mantiene latente la amenaza de futuros eventos sísmicos.

Otro factor determinante en la magnitud de los daños fue la escasa profundidad de los terremotos. Al tratarse de sismos someros, las ondas sísmicas recorrieron una distancia muy corta antes de alcanzar la superficie, por lo que conservaron gran parte de su energía destructiva.

Esa condición permitió que los efectos se sintieran con fuerza incluso en Caracas, ubicada a más de 300 kilómetros de los epicentros.

La intensidad registrada en la capital venezolana no se debió a la presencia de agua subterránea, sino al denominado “efecto de sitio”, provocado por el espesor de sedimentos blandos que rellenan el valle donde se asienta la ciudad,

Para ilustrar el fenómeno, se comparó el comportamiento del terreno con un recipiente de vidrio que contiene gelatina. Al recibir un golpe, la vibración se amplifica dentro de la gelatina y rebota repetidamente, un proceso similar al que ocurre cuando las ondas sísmicas llegan a cuencas con gruesas capas de sedimentos.

Cuando la onda llega a esa cuenca, amplifica su intensidad y rebota repetidamente de un lado a otro. (I)

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