Última misa con el capellán antes del combate en Ucrania: «No matéis si no es estrictamente necesario»

Los nuevos reclutas, algunos con edad para haber hecho la mili en la URSS, van a afrontar su primera misión de combate y se les nota. Fuman un cigarrillo tras otro y mantienen entre ellos conversaciones nerviosas en voz baja. Acaban de terminar la instrucción. El mando cree que están preparados para algo imposible de preparar del todo: matar y morir. Para ayudarles a afrontar ese trance, llega una figura arraigada en el ejército de Ucrania desde la época de los cosacos: el capellán.

 EL MUNDO acompaña al sacerdote militar ucraniano Sergií Sager a bendecir a los nuevos reclutas antes de su bautismo de guerra en el Donbás  

Los nuevos reclutas, algunos con edad para haber hecho la mili en la URSS, van a afrontar su primera misión de combate y se les nota. Fuman un cigarrillo tras otro y mantienen entre ellos conversaciones nerviosas en voz baja. Acaban de terminar la instrucción. El mando cree que están preparados para algo imposible de preparar del todo: matar y morir. Para ayudarles a afrontar ese trance, llega una figura arraigada en el ejército de Ucrania desde la época de los cosacos: el capellán.

Sergií Sager (42 años), ironía rápida como un misil y ojos vivos de rapaz, llega al campamento oculto en medio del bosque, última parada para los reclutas antes de acceder al frente. Allí comienza su ritual. Se pone los hábitos litúrgicos: la sotana o podrásnik sacerdotal y la estola ortodoxa (felón) por encima de su uniforme de combate. Para rematar el conjunto, cuelga una cruz de su cuello. «Esta cruz la tomé de la iglesia de Sudzha. Es un suvenir de guerra«. Y se parte de risa. Lo irónico es que es una de las ciudades rusas que el ejército ucraniano tomó en 2024 en la región fronteriza de Kursk.

– ¿Por qué quiso ser capellán?

– No lo elegí yo y ni siquiera lo pretendía. Servía en una compañía como desminador y un día vinieron con una orden del comandante. Me dijeron: «Entrega el fusil». Yo pregunté: «¿Cómo que lo entregue?». El jefe de brigada quería que pasara al servicio de capellanía. Después me ascendieron. Ahora soy capellán de batallón, con rango de capitán.

– ¿Cuánto tiempo lleva sirviendo? ¿En su familia hay tradición religiosa?

– Estudié teología, soy profesor de religión en un colegio y sacerdote desde 2011. Pero mi familia no tiene nada que ver con eso. Ellos sufrieron la represión soviética. A mi abuelo lo torturaron en algún lugar de Rusia y la familia quedó rota. Era una familia enorme, en nuestro linaje hubo hasta una baronesa. Conozco por su nombre las tumbas de mi bisabuela, de mi abuelo, de mi abuela.

En su discurso a los soldados, el capellán canta salmos con el bello gregoriano ortodoxo, que suenan surrealistas cuando se superponen a la estremecedora perturbación de las bombas aéreas que explotan a unos kilómetros de allí. Una frase se nos queda grabada: «No matéis si no es estrictamente necesario», dice este hombre temeroso de Dios. Es curioso cómo las normas de un país en paz se dan la vuelta por completo en un territorio en guerra. El peor delito, matar a otra persona de forma intencionada, se pena las sentencias más duras. Aquí se mata con largueza y se condecora a los soldados más habilidosos en esa práctica. De la misma forma que, si uno es creyente, el más importante de los 10 mandamientos es el que dice «no matarás», pero el capellán bendice a estos reclutas que partirán exactamente para eso: matar. Cuando acaba la misa, le preguntamos:

– Yo no pido a estos hombres que maten, les pido que defiendan su tierra.

Al padre Sager le hemos visto llegar con una pistola cogida con una funda sobaquera de cuero.

– ¿Por qué un sacerdote lleva un arma?

– Al principio pensaba que no la llevaría. Pero somos cristianos ortodoxos. No pienso matar a nadie con ella y, además, los capellanes somos oficialmente personal no combatiente, pero si hay algún peligro, como drones a nuestro alrededor, no vamos a dejar de actuar para salvar a nuestros compañeros. Quien sacrifica su alma por sus camaradas, se salvará.

Como acto final, el padre Sager coge un recipiente plateado y lo llena con agua bendita que ha traído en una garrafa de plástico. Uno a uno, los bendice con un escobillón mojado. Los soldados cierran sus ojos ante la descarga de agua.

– ¿Cómo es un día normal para usted?

– Visito a las unidades de combate. A veces ves a gente que merece ser condecorada, y tratas de hacerles llegar algún reconocimiento. Otros necesitan ayuda, ya sean creyentes o no. También voy a las posiciones de primera línea. Mi última rotación empezó el 6 de octubre: tres días en cada refugio junto a mis compañeros.

– ¿Ha estado cerca de la muerte en esta guerra?

– De forma habitual. He sobrevivido incluso a dos ataques con misiles balísticos Iskander hace dos meses.

El padre guarda de nuevo el agua sobrante dentro de la garrafa y abre su mochila. De ahí toma unas pequeñas biblias de bolsillo con oraciones para los combatientes y una pequeña estampa plastificada.

– ¿Cómo es una confesión dentro de una trinchera?

– Visito al soldado y leemos oraciones juntos. Es un servicio corto. Después, el que quiere se confiesa individualmente, uno por uno. A veces se hace por teléfono. Y hay una oración para quien no ha podido confesarse. El alma se calma y eso ayuda.

– ¿Cuántos funerales ha oficiado? [Mira hacia el suelo, guarda silencio unos segundos y sus ojos se vuelven acuosos por unos instantes].

– Es la parte más difícil de este trabajo. Ya dejé de contarlos. Seré honesto: enterré a un amigo, y fue muy duro. Él llevaba el mismo uniforme que yo. Yo quería estar solo, pero me daba miedo quedarme solo. Después me enviaron 10 días a un curso sobre ayuda a militares en combate activo, con un psiquiatra. Tras eso me sentí mucho mejor.

– Como cristiano ortodoxo, ¿podría perdonar algún día a los rusos?

– Es una pregunta difícil. Como sacerdote, entiendo que hay que perdonar… A ellos los mandan aquí como esclavos.

– Si tuviera delante a un capellán militar ruso, ¿qué le diría?

– Pide perdón por tus pecados.

– ¿Ha tenido alguna crisis de fe en estos años?

– No, al contrario. Un día pisé una trampa explosiva que no estalló sin que aún sepa la razón. Dios pensó que no me había llegado la hora. Es algo que reforzó mi fe.

Varios soldados le piden su número de teléfono antes de ponerse en marcha. En el lugar al que van, en medio de las fauces de la muerte, cualquier ayuda será bienvenida. El padre se quita el uniforme de capellán y de nuevo aparece el de militar.

– ¿Cómo imagina el día en que termine la guerra?

– Quiero coger a toda mi familia, irme a un lago y pasar tres días pescando.

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